Mujer
morena y ágil, el sol que hace las frutas, el que tuerce los destinos, hizo tu
cuerpo alegre, tus luminosos ojos y tu boca que tiene la sonrisa de la frescura
del agua. Tienes la delirante laboriosidad de la abeja, la embriaguez de la
ola, la fuerza de la espiga. Eres la emperatriz de estos tiempos, no te crees
dueña de nada y sin embargo, eres dueña de todo. Para ti las horas no cuentan,
empatas el día y la noche, la noche y el día con la majestuosa elegancia de la
reina de mi pueblo, que tiene por nombre: Dilsia.
Te
conocimos en los campos del cítrico, como obrera agrícola, cuidando y
produciendo el dulce nácar de naranja y toronja. No hay en tu corazón furias,
aunque haya penas. Cuando en la calma, el azar, los desechos, el aire
interrumpido, asechan tus ojos oliendo a cacería, a rayo verde que agujerea
pechos, tus piernas que se adhieren al sol dando gemidos y tus pupilas de
púrpura y pies de amapola, como llenos de dichas que buscan sombras, como rosas
hechas de látigo y perfume, aún en las calles donde la gente ensucia, asechas
con tus ágiles manos, crecen tus grandes venas que asustan, porque para ti no
hay distancia ni hierro, tocan manos tus manos, y caen haciendo crepitar flores
nuevas.
Dilsia
pudiera ser nombre de planta, de piedra o de vino, de lo que nace de la tierra
y dura, palabra en cuyo creciente amanece, con tu carrito y eternos compañeros
de viaje: el escobillón, la escobilla, el recogedor, y empujas con tanta fuerza
para antes de las cinco de la madrugada recorrer treintena de cuadras que
fueron para ti tan existentes que vivieron media vida contigo y morirán contigo
media muerte. Por eso, pasajera suavísima, hilo de acero y miel, con el orgullo
que luces tu uniforme de trabajadora de Comunales, no hay rubor que esconda tu
sonrisa, existes tú, no como enredadera en el árbol, sino con la verdad de tu
propia estrella, para demostrar al mundo “nunca ha muerto una flor que sigue
naciendo”, porque el sitio del corazón nos pertenece solamente desde allí, con
auxilio de la negra noche, como suspiro por tu cobija, sustento y alimento de
tus hijos, y soportas el sol rayando el mediodía, y el friecillo nocturno,
desolador y molesto, sin que se nuble el horizonte o falte la razón, seguirán
saliendo al golpe de tus manos “los cantos del corazón”.
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