jueves, 28 de mayo de 2015

Los cantos del corazón



Mujer morena y ágil, el sol que hace las frutas, el que tuerce los destinos, hizo tu cuerpo alegre, tus luminosos ojos y tu boca que tiene la sonrisa de la frescura del agua. Tienes la delirante laboriosidad de la abeja, la embriaguez de la ola, la fuerza de la espiga. Eres la emperatriz de estos tiempos, no te crees dueña de nada y sin embargo, eres dueña de todo. Para ti las horas no cuentan, empatas el día y la noche, la noche y el día con la majestuosa elegancia de la reina de mi pueblo, que tiene por nombre: Dilsia.

Te conocimos en los campos del cítrico, como obrera agrícola, cuidando y produciendo el dulce nácar de naranja y toronja. No hay en tu corazón furias, aunque haya penas. Cuando en la calma, el azar, los desechos, el aire interrumpido, asechan tus ojos oliendo a cacería, a rayo verde que agujerea pechos, tus piernas que se adhieren al sol dando gemidos y tus pupilas de púrpura y pies de amapola, como llenos de dichas que buscan sombras, como rosas hechas de látigo y perfume, aún en las calles donde la gente ensucia, asechas con tus ágiles manos, crecen tus grandes venas que asustan, porque para ti no hay distancia ni hierro, tocan manos tus manos, y caen haciendo crepitar flores nuevas.

Dilsia pudiera ser nombre de planta, de piedra o de vino, de lo que nace de la tierra y dura, palabra en cuyo creciente amanece, con tu carrito y eternos compañeros de viaje: el escobillón, la escobilla, el recogedor, y empujas con tanta fuerza para antes de las cinco de la madrugada recorrer treintena de cuadras que fueron para ti tan existentes que vivieron media vida contigo y morirán contigo media muerte. Por eso, pasajera suavísima, hilo de acero y miel, con el orgullo que luces tu uniforme de trabajadora de Comunales, no hay rubor que esconda tu sonrisa, existes tú, no como enredadera en el árbol, sino con la verdad de tu propia estrella, para demostrar al mundo “nunca ha muerto una flor que sigue naciendo”, porque el sitio del corazón nos pertenece solamente desde allí, con auxilio de la negra noche, como suspiro por tu cobija, sustento y alimento de tus hijos, y soportas el sol rayando el mediodía, y el friecillo nocturno, desolador y molesto, sin que se nuble el horizonte o falte la razón, seguirán saliendo al golpe de tus manos “los cantos del corazón”.


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