Se le ve afanoso y muy cansado cuando regresa de su diaria labor, tiene el hollín negro, como los poros de la piel tupidos de vestigio pardo y negruzco de los hornos del carbón. Se llama Serafín Hernández Rodríguez, su edad dista más allá de los cincuenta y es humilde, sereno cuando devuelve el saludo cada día, como si quisiera decir mucho en su expresiva respuesta. – “Desde niño estoy haciendo los hornos del carbón, lo aprendí de mi padre, y aunque quisiera hubiese hecho otras cosas en mi vida, pero se me pegó este oficio y lo llevo en la sangre”- me dijo.
Descubrí en su nervioso constante entreabrir de párpados al hombre consagrado de la unidad Silvícola de San Antonio de los Baños, trabaja en la forestal desde hace ya más de 36 años. Sus compañeros le quieren y le respetan, es el hombre a la vanguardia que escogió para sí una difícil y complicada tarea. Quizás no esté consciente que esas brazas negruzcas del carbón que salen de sus manos son rubros para la economía del país, y mucho más que su tarea es tan importante como que siempre está ahí procurando un buen carbón. Tiene sus manos centímetros a centímetros quemados y me dijo – “Entre las cosas que más me gustaría, sueño una y otra vez con un largo viaje”- Cuidado, entre sueño y sueño no se te resbale el hambriento contorno del horno del carbón quemante.
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