martes, 26 de mayo de 2015

El Tanquista



Se le hunden los pies en el pantano, crepita una rama quebradiza, un pitirre vuela bajo, piensa que este asustado por los disparos. Le  entra por las narices hasta el alma el aroma salvaje de la Ciénaga, entonces el mangle rojo  intercepta  su paso, están entre Playa Girón y Playa Larga, donde el mar el humedal se tocan, se lamen ante la indiscreción del asfalto, de un salto sube al tanque, es el suyo, el QUINIENTOS CUATRO, equilibra la mira y de pronto se abre la escotilla, es Fidel Castro en persona, por la alegría se quita el casco y se lo coloca al Comandante, el barco norteamericano se aleja en el horizonte, uno y otro cañonazo, y al tercero, el certero disparo hunde al barco-“Es la mayor emoción que sentí, la alegría que hizo victoria contra el invasor mercenario”.
Es Miguel Ángel Ricardo Mena, combatiente desde el Cuartel Moncada, después del CINCUENTAINUEVE, tanquista, unos siete pies de estatura, corpulento, sus ojos quietos parecen decir lo que hacen, ahora tiene SETENTA Y NUEVE años, se le afectó la audición y lo hubiese hecho siempre, fue el tesoro de ser libres, que victoria como que al troco se le escapara el alma. Ahora, al recordar aquel DIESIOCHO de abril de MIL NOVESCIENTOS SESENTA Y UNO, cruza de nuevo el enmarañado bosque de Ciénaga, mucho mas alto que su persona, se le dejan caer las lágrimas desde sus verdes ojos fríos, aprieta fuerte las manos y asegura: “Mi vida es una vida hecha de todas las vidas, a transcurrido como un río de aguas limpias, nacidas en la profundidad secreta de la Sierra Maestra, dirigiendo sin cesar el movimiento de sus corrientes, no rechacé nada de lo que pudo traer en su caudal, acepte la pasión, desafié el miedo y el misterio y abrí paso entre los corazones del pueblo. Me tocó padecer, luchar, amar y cantar, me tocaron en el reparto del mundo, el triunfo y la derrota, probé el gusto del pan y el de la sangre ¿Qué más puede pedir un tanquista? Mi premio es ese, es ese momento grabe de mi vida cuando en el fondo del carbón de la Ciénaga, a pleno sol en la calichera abrazada, desde el socavón del pique ha subido a mi tanque todo un hombre, como si ascendiera desde el cielo, con la cara transformada por la lucha terrible, con los ojos enrojecidos por el polvo y alargándome la mano endurecida, esa mano que lleva el mapa de la pampa en sus durezas y en sus arrugas, me ha dicho con ojos brillantes: “Te conocía desde hace mucho tiempo, tanquista”.

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