Se le hunden los
pies en el pantano, crepita una rama quebradiza, un pitirre vuela bajo, piensa
que este asustado por los disparos. Le
entra por las narices hasta el alma el aroma salvaje de la Ciénaga,
entonces el mangle rojo intercepta su paso, están entre Playa Girón y Playa Larga,
donde el mar el humedal se tocan, se lamen ante la indiscreción del asfalto, de
un salto sube al tanque, es el suyo, el QUINIENTOS CUATRO, equilibra la mira y
de pronto se abre la escotilla, es Fidel Castro en persona, por la alegría se
quita el casco y se lo coloca al Comandante, el barco norteamericano se aleja
en el horizonte, uno y otro cañonazo, y al tercero, el certero disparo hunde al
barco-“Es la mayor emoción que sentí, la alegría que hizo victoria contra el
invasor mercenario”.
Es Miguel Ángel Ricardo Mena, combatiente desde el Cuartel
Moncada, después del CINCUENTAINUEVE, tanquista, unos siete pies de estatura,
corpulento, sus ojos quietos parecen decir lo que hacen, ahora tiene SETENTA Y
NUEVE años, se le afectó la audición y lo hubiese hecho siempre, fue el tesoro
de ser libres, que victoria como que al troco se le escapara el alma. Ahora, al
recordar aquel DIESIOCHO de abril de MIL NOVESCIENTOS SESENTA Y UNO, cruza de
nuevo el enmarañado bosque de Ciénaga, mucho mas alto que su persona, se le
dejan caer las lágrimas desde sus verdes ojos fríos, aprieta fuerte las manos y
asegura: “Mi vida es una vida hecha de todas las vidas, a transcurrido como un
río de aguas limpias, nacidas en la profundidad secreta de la Sierra Maestra,
dirigiendo sin cesar el movimiento de sus corrientes, no rechacé nada de lo que
pudo traer en su caudal, acepte la pasión, desafié el miedo y el misterio y
abrí paso entre los corazones del pueblo. Me tocó padecer, luchar, amar y
cantar, me tocaron en el reparto del mundo, el triunfo y la derrota, probé el
gusto del pan y el de la sangre ¿Qué más puede pedir un tanquista? Mi premio es
ese, es ese momento grabe de mi vida cuando en el fondo del carbón de la
Ciénaga, a pleno sol en la calichera abrazada, desde el socavón del pique ha
subido a mi tanque todo un hombre, como si ascendiera desde el cielo, con la
cara transformada por la lucha terrible, con los ojos enrojecidos por el polvo
y alargándome la mano endurecida, esa mano que lleva el mapa de la pampa en sus
durezas y en sus arrugas, me ha dicho con ojos brillantes: “Te conocía desde
hace mucho tiempo, tanquista”.
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